viernes, 25 de julio de 2008

diecisiete domingo del tiempo ordinario ciclo a

homilia del 27 de julio de 2008

XVII domingo del tiempo ordinario

LA ORACION DE PETICION

El Papa Benedicto XVI, en su Carta Encíclica sobre la Esperanza Cristiana, nos dice que “la vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza” (49). Esto que nos dice el Papa, no siempre lo logran entender todas las personas ha tiempo, y algunas incluso mueren sin haberlo comprendido. Muchos hombres y mujeres creen que su vida comienza y acaba en este mundo, pero la Palabra de Dios nos enseña que nos conducimos hacia la eternidad, y que mientras vivimos en este mundo, cada una y cada uno, tenemos una misión que cumplir. La primera lectura de este domingo, nos presenta ha uno de esos hombres que supo entender esta verdad de la que estamos hablando, el rey Salomón, uno de los reyes mas importantes en el pueblo de Israel, fue el segundo hijo del rey David con Betsabe, y su padre lo eligió como sucesor suyo antes de morir. El rey Salomón es muy famoso por su sabiduría, porque durante su reinado el pueblo de Israel vivió tiempos de prosperidad, vivieron en paz con los reinos vecinos, y porque se construyó el templo de Jerusalén. ¿Pero cómo fue que Salomón fue capaz de hacer tanto? ¿Cuál fue su secreto? De eso nos habla hoy la primera lectura: Dios se le apareció en un sueño ha este hombre, y le dijo: “pídeme lo que quieras que te dé”, y Salomón respondió, “concédeme, pues, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (1 Rey 3,5; 9). Usted, en el lugar de Salomón ¿Qué le hubiese pedido al Señor? ¿Dinero, una buena casa, un carro? La grandeza del rey Salomón no se debe a él mismo, sino a Dios. Este hombre sin la ayuda de Dios, jamás hubiese podido cumplir con la misión que le había sido encomendada, y todo lo que el él hizo fue decisivo para la historia del pueblo de Dios. ¿Ha pensado alguna vez usted en serio en la misión que Dios le ha encomendado dentro de su familia, de su comunidad, de la Iglesia, y nuestra sociedad? ¿Se da cuenta de la importancia que tiene su misión para los demás, y entiende que tampoco usted no puede hacer nada sin la ayuda de Dios?

Oración inicial: “Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra, y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu, dame la Sabiduría, que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos. Que soy un siervo tuyo, hijo de tu sierva, una persona débil y de vida efímera, poco apto para entender la justicia y las leyes. Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, si le falta la sabiduría que de ti procede, en nada será tenido. Contigo esta la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos. Envíala de los cielos santos, mándala de tu trono de gloria para que a mi lado participe en mis trabajos y sepa yo lo que te es grato” (Sab 9,1-10).

Primera parte: “Pídeme lo que quieras”. Salomón era ya rey de Israel, cuando Dios se le apareció en sueño para hacerle este ofrecimiento: “pídeme lo que quieras que te dé”. Y Salomón, siendo un hombre imperfecto, pudo muy bien haber aprovechado este momento para pedirle al Señor que le diera poder, riqueza y fama, pues eso es lo que siempre ha buscado la mayoría de seres humanos sobre esta tierra, pero no fue ese el caso del rey Salomón, él le dijo al Señor: “concédeme, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (1 Rey 3,5; 9). En una Palabra, éste rey le dice al Señor que él quiere servir bien como gobernante del pueblo de Israel, y servir no de acuerdo a sus propios pensamientos sino de acuerdo a los criterios de Dios, por eso le hace esta súplica: “dame sabiduría para saber discernir entre el bien y el mal”. El texto bíblico nos dice a continuación que, “al Señor le agradó la petición de Salomón” (1 Rey 3,10), y le concedió lo que pidió, y lo que no pidió. Salomón solo había pedido ha Dios sabiduría, para saber conducir al pueblo y así mismo, pero Dios le concedió no solo eso, sino también riqueza abundante para él y todo su pueblo, poder vivir en paz con todos los enemigos de Israel, pudo hacer grandes obras para su pueblo, y fue rey por cuarenta años sin mayores problemas. Hermanos y hermanas, la historia del rey Salomón debe de ayudarnos ha entender “que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando” (San Josemaria, Camino n. 267). Hoy en día, hay muchos cristianos que se sienten ignorados por el Señor, y piensan que casos como el del rey Salomón, son situaciones únicas en la historia, pero que Dios no se interesa por ellos. Esa manera de pensar es incorrecta, porque Dios se interesa por todos sus hijos, el problema está en que no todos sus hijos tienen los oídos suficientemente abiertos, y su conciencia atenta para descubrir la voz de Dios que quiere guiar la vida de cada una, y cada uno de nosotros. Hay muchos cristianos también, ricos y pobres, intelectuales e ignorantes, que consideran que ellos lo saben y lo pueden todo, y que no necesitan de Dios para poder hacer sus cosas. Estos también están muy equivocados, porque el ser humano no puede hacer absolutamente nada sin Dios.

Para dialogar:

- ¿Es usted consciente de que Dios le está hablando constantemente en su vida? ¿Qué le pide usted al Señor en sus oraciones?

Segunda parte: “Concédeme un corazón que entienda”. No sé si ya he contado esta historia, pero hace algún tiempo conocí a un ancianito en una comunidad, que siempre que yo iba para celebrar la santa Misa, él estaba ahí para confesarse. Siempre me sorprendió que este hombre, aunque vivía pobre y solo, irradiaba abundante paz y felicidad. Un día le pregunté, oiga ¿y usted cómo hace para estar siempre contento? El viejito levantó una mano, y señalando hacia el cielo, me dijo: “hacer la voluntan del que está allá arriba”. Ya no le pregunte más. En el evangelio de este domingo, Jesús nos sigue hablando sobre el Reino de Dios, y ahora, lo compara “con un tesoro escondido en el campo”, con “una perla de gran valor”; y la tercera comparación es con “una red que se hecha en el mar y recoge peces de todas clase; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos”. El Reino del que nos habla Nuestro Señor “no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (Papa Benedicto XVI, Carta Encíclica sobre la Esperanza Cristiana, 31). Todos y cada uno de nosotros somos invitados por Nuestro Señor ha ser miembros y colaboradores suyos en la construcción de su Reino que se inicia ya aquí en la tierra, en la realidad propia en la que cada una y cada uno vivimos a diario. Pero, trabajar por este Reino, es una opción bien personal en la que el cristiano ha de estar dispuesto ha comprometerse por completo, renunciando así mismo y a sus propios intereses. Nada vale tanto como el Reino de Dios, pero comprender esto no depende ciertamente de nuestra inteligencia humana, sino que es fruto de la sabiduría divina que Dios otorga a los que se la piden sinceramente. Por carecer de esta sabiduría, son muchos los cristianos que en este mundo se dedican únicamente a la construcción de sus propios reinos: a nivel personal, viviendo como si Dios no existiera; en lo familiar, no teniendo en cuenta los Mandamientos de Dios. Y en lo social, económico, y político, ignorando por completo a Dios, porque creen que El no tiene nada que ver con estas realidades. Pero la triste verdad es que, ninguno de estos reinos puede prosperar verdaderamente cuando se pretende construirlos independientes o en contra del Reino de Dios. Esta fue también la desgracia del rey Salomón al final de sus días (1 Rey 11, 1-40), y por lo mismo, le sobrevinieron un montón de dificultades ha su pueblo. En la tercera parábola, Nuestro Señor anuncia la peor de las desgracias para quienes se dedican únicamente a construir sus propios reinos, olvidándose por completo del Reino de Dios: “Así sucederá al final del mundo: saldrán los ángeles, separaran a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13,49).

Para dialogar:

- Donde reina el pleito, la envidia, la división, la crítica ¿podrá estar presente el Reino de Dios?

- ¿Cuáles son los tesoros a los que tiene que renunciar usted, para poseer el único Tesoro que realmente vale la pena? Haga una lista, y comience ha despojarse de sus tesoros falsos.






jueves, 15 de mayo de 2008

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE NUESTRO SENOR JESUCRISTO.

Domingo 25 de mayo de 2008


Homilia de la solemnidad del cuerpo y sangre de Cristo


Recientemente hemos celebrado tres acontecimientos muy importantes de nuestra fe cristiana: la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, la Venida del Espíritu Santo, y la Solemnidad de la Santísima Trinidad; y el próximo domingo celebraremos el gran misterio de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía. En esta celebración, nosotros proclamamos que Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, está verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados por el sacerdote en la santa Misa. La Iglesia nos dice: "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (Constitución pastoral sobre la Sagrada Liturgia, 47). La verdad sobre la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía dividió a los discípulos del Señor: “es duro este lenguaje, dijeron algunos, ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60), y San Juan nos cuenta que, “desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66). Pero Jesús no detuvo a ninguno de aquellos que se negaron a creer en lo que él estaba diciendo, y a sus mismos apóstoles les dice: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67), como diciéndoles, si quieren irse, pueden hacerlo. Después de dos mil años, la verdad sobre la Eucaristía sigue siendo motivo de división para muchos cristianos, mucha gente abandona la Iglesia Católica porque no están de acuerdo que: “En el Santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1374). Pero lo que la Iglesia Católica cree sobre la Eucaristía, lo cree no porque ha una persona se le haya ocurrido, sino, porque esta verdad ha sido creída desde el tiempo de los apóstoles, ellos fueron los primeros en creer la verdad que nosotros creemos sobre la Eucaristía. San Pablo nos ofrece un testimonio fuerte sobre la verdad de este Sacramento: “Porque yo recibí del Señor lo que os he trasmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anuncias la muerte del Señor, hasta que venga” (1ª Cor 11,23-26). San Pablo hace además una advertencia muy seria a los cristianos de Corinto: “quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1ª Cor 11,27-29). Fijemos bien que para comer un pedazo de pan y tomar un poco de vino cualquiera, no hace falta examinar primero la conciencia, para ver si se ha pecado o no, pero, en este caso, no se trataba de un simple pedazo de pan ni de un poco de vino sino, de un pan y de un vino que por las palabras de Jesucristo, pronunciadas por el sacerdote, se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos juntos:”Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sion, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos” (Del salmo 147).

Primera parte: La Eucaristía, ¿símbolo o realidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo?

Es importantísimo que nosotros conozcamos la verdad sobre el sacramento de la Eucaristía, y eso porque en este sacramento “están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1374), y porque además, son muchas las cosas falsas que se dicen sobre este sacramento por parte de quienes no son católicos. Alguien dijo un día que, “una mentira repetida hasta la saciedad se llega ha convertir en verdad”. Por supuesto que ninguna mentira es capaz de cambiar la realidad de lo que las cosas son pero, sí es capaz de cambiar esa verdad en la mente de las personas, haciendo que ellas piensen que es mentira lo que es verdad; y que crean que es verdad, lo que es mentira; y esto sucede sobre todo con la mayoría de cristianos que tienen muy pocas oportunidades de instruirse. Pero ¿Cuál es entonces la verdad sobre la Eucaristía? ¿Lo que la Iglesia Católica ha creído y enseñado desde sus orígenes, o lo que dicen quienes no son católicos? Jesús nos dice: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,32). La Iglesia ha creído desde sus orígenes que cuando Jesús habló sobre la Eucaristía, lo hizo de manera real y no simbólica, él dijo: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”. “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 51-53). Antes hemos visto ya lo que San Pablo aprendió de la Iglesia sobre la Eucaristía, y es lo que también él enseñó pero, el problema de la incredulidad sobre este sacramento ha continuado a lo largo de los siglos, y ha llegado ya hasta nuestro tiempo. No es raro oír hablar a gente que se burla de la celebración de la santa Misa, y que afirman con gran seguridad de que Jesucristo no esta presente en la hostia y el vino consagrados por el sacerdote. A esta clase de cristianos, San Ignacio de Antioquia, que vivió en tiempo de los apósteles, les escribió en su tiempo, diciéndoles: “Se mantienen alejados de la Eucaristía y de la oración (los docetas), por no confesar que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la que padeció por nuestros pecados, la que el Padre en su bondad ha resucitado” (Carta a los de Esmirna, 7). Este testimonio sobre la Eucaristía es importantísimo porque nos ayuda ha entender la verdad que la Iglesia había creído, celebraba, y enseñaba en aquel tiempo sobre este sacramento; y eso mismo es lo que ha venido haciendo a lo largo de todos los siglos. La Eucaristía no es un símbolo del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, sino que es Jesucristo mismo.

Para dialogar

¿Qué podemos hacer en nuestras familias, en las comunidades, en los diferentes grupos y movimientos parroquiales, para mejorar nuestra participación en la celebración eucarística? Piénselo, y pongan manos a la obra.

Segunda parte: La Eucaristía y nuestra vida.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que los primeros cristianos, “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hc 2, 42;44;47), por supuesto que esto no significa de que los primeros cristianos no tuvieran dificultades humanas entre ellos mismos y con el mundo que los rodeaba, pero luchaban por vivir en comunión con ellos mismos, con Dios, y con los demás hermanos; esto es tanto que quienes no eran cristianos, al ver aquel nuevo estilo de vida, se convertían al cristianismo, aunque eso les llevase ha tener que enfrentar incluso la muerte. “En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una ciudad al Norte de África, un grupo de cincuenta cristianos fueron sorprendidos por las autoridades mientras celebraban la Eucaristía, y después de ser arrestados, y llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul. Cuando éste les preguntó por qué hacían aquello, un cierto Emérito respondió: "No podemos vivir sin la Misa". Otro, de nombre Félix, añadió: “Los cristianos no podemos vivir sin la Misa de la misma manera que la misa no se celebra sin los cristianos”. Y seguía: “Los cristianos hacen la Misa, y la Misa hace los cristianos. Uno no puede darse sin lo otro” (Scott Hahn, Comprometidos con Dios, p.157). Son incontables los testimonios de cristianos que en el pasado, y en el presente, siguen ofrendando su vida como testimonio de su fe en Jesús Eucaristía pues, “cuanto mas viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, mas profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos” (Papa Benedicto XVI, Sacramento de la Caridad, 6). Cuando la Eucaristía es recibida con las debidas disposiciones, transforma la vida de las personas, y cuando eso sucede “llega ha ser de muchos individuos un solo cuerpo” (San Agustín, La Ciudad de Dios, X, 6). La Eucaristía ha de llevarnos a vivir en la comunión Universal: “Una comunidad realmente eucarística no puede encerrarse en si misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonia con todas las demás comunidades católicas. La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice. Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San Ignacio de Antioquia escribía: “se considere segura la Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado” (Juan Pablo II, Sobre la Eucaristía, 39).

Para dialogar:

¿Considera usted que existe unidad en su vida personal? ¿Dónde podemos encontrar la unidad que se necesita en nuestras familias, en la comunidad, la parroquia, la Iglesia y la sociedad en general?

lunes, 14 de abril de 2008

quinto domingo de pascua ciclo a

domingo 20 de abril de 2008

Quinto Domingo de Pascua
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LA COMUNIDAD CRISTIANA.

“En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia
(Hc 10,35). Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, si embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el espíritu”
(Constitución Dogmática sobre la Iglesia, 9). Si entendiéramos todo el significado de este párrafo que acabamos de leer, ya podríamos irnos para nuestras casas pues, en lo que hemos leído esta contenida la esencia de todo nuestro tema de hoy. Dios nos ha creado para vivir en comunidad no en solitario. Al inicio de la historia de la creación, dice Dios: “no es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2, 18), y Dios creó a todos los animales y los puso junto al hombre pero, el hombre “no encontró en ellos una ayuda adecuada”, es decir, el hombre no había sido creado para vivir en comunidad con los animales sino con otro ser que fuera semejante a el, “entonces Yahveh Dios creó a la mujer” para que hombre y mujer vivieran en comunidad. De esta comunión entre el primer hombre y la primera mujer nacen los primeros hijos, y se inicia así la primera familia humana como un invento de Dios, y no como una idea de los hombres. Pero el vivir en comunidad tiene sus dificultades, y a veces muchas. Todos conocemos lo sucedido con Adán y Eva, juntos cometieron el primer pecado de desobediencia a Dios; luego, su hijo Caín asesinó por envidia a su hermano Abel, y desde entonces, son incontables los problemas que ha vivido y sigue viviendo la humanidad ha consecuencia de no haber entendido de que Dios nos ha creado, a cada uno y a cada una, para vivir en comunidad. Dios mismo no es un ser solitario sino una comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que no son tres dioses diferentes sino tres Personas distintas, y un solo Dios Verdadero. Y esa comunidad de Amor es tan grande y tan perfecta que Jesús nos dice hoy en el evangelio: “Quien me ha visto a mi ha visto al padre. Yo estoy en el Padre y el Padre esta en mi” (Jn 14,9; 11). Nuestro Señor Jesucristo enseña a sus discípulos a vivir en comunidad. Al inicio del cristianismo quienes van creyendo en el evangelio se van integrando a esa comunidad donde reina el Amor a Dios y al prójimo: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según las necesidades de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hc 2,44-47). Pero muy pronto, también aquí, como en el caso de Adán y Eva, comenzaron ha surgir las primeras dificultades, la primera lectura de este domingo, dice que: “al crecer el numero de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas” (Hc 6,1). Esta situación nos viene ha enseñar que aprender a vivir en comunidad no es algo que sucede de manera automática en la vida de las personas sino que, es un proceso que se realiza con la colaboración de todos.
Oremos juntos: “Aclamad justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justita y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre” (tomado del salmo 32).
Primera parte: La división, es uno de los peores problemas de nuestro tiempo.

Es bien fácil darnos cuenta de la división que se vive en muchísimas familias, son muchos los esposos que viven bajo el mismo techo pero, que no existe entre ellos una comunión de personas sino que más bien cada uno camina por su lado. ¿Y que sucede con los hijos? En realidad, aunque no siempre pero, muchos hermanos, nomás tienen de hermanos el apellido porque de lo demás, que es interesarse los unos por los otros, no es algo que les importe. Muchos hermanos y hermanas viven con una actitud como la de Caín: “¿soy yo acaso el guarda de mi hermano?”
(Gn 3, 9). ¿Y que hay de la unidad en las comunidades rurales o urbanas? Hay lugares donde todavía la gente vive unida pero, son muchos también los sitios en donde las familias se dividen y destruyen entre ellas mismas por envidias y rivalidades. si vemos nuestra sociedad con detenimiento podemos ver que, muchas veces, lo que único que tenemos en común es haber nacido un mismo pedazo de tierra pero, que estamos muy lejos de llegar a realizar el deseo de Dios: que seamos una comunidad de hermanos y hermanas. En la Iglesia misma, ella que ha sido fundada en la unidad por Nuestro Señor Jesucristo, tiene que sufrir muchas veces a consecuencia de las múltiples divisiones que surgen en su interior. Y esto no tendría que extrañarnos a nosotros “pues esta desunión al interno de la Iglesia no es mas que un eco de la división que existe a su alrededor, en la sociedad en que vive y trabaja. Es lo humano de la Iglesia” (Mons. Romero, Cuarta carta pastoral: Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país, n. 23). Y “es común quejarse de estos males, pero no podemos quedarnos allí; tenemos que dar nuestro aporte para que se vaya edificando una sociedad en la que se respete realmente la dignidad de la persona humana. El proyecto de Dios es una sociedad justa, fraterna y solidaria, reconciliada en la verdad, en el perdón y el amor” (Carta pastoral de la Conferencia Episcopal de El Salvador, Testigos de Cristo en la Iglesia y en el mundo, 55). La unidad en nuestras familias, en nuestras comunidades, en la Iglesia y en la sociedad, como ya lo dijimos, no sucede de manera automática, sino que exige nuestra participación, y tenemos que saber actuar con sabiduría, fortaleza y perseverancia para poder conseguir la unidad querida por Dios entre nosotros. ¿Qué fue lo que hicieron los apóstoles cuando se les presentó el problema aquel en donde algunos se quejaron porque sus viudas no estaban siendo bien atendidas? Oraron y actuaron, y así mantuvieron la unidad de la Iglesia.
Para dialogar: ¿Qué comportamientos a nivel personal son los que obstaculizan la unidad en la familia, la comunidad, la Iglesia y la sociedad?
Segunda parte: Jesucristo es el fundamento de nuestra unidad.

“Dios, que cuida paternalmente de todos, ha querido que todos los hombres formen una única familia y se traten entre si con espíritu fraterno”
(Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 24). Es un hecho completamente claro que necesitamos construir la unidad y esta unidad sólo es, y será posible, si ponemos a Jesucristo como fundamento de nuestras vidas, de nuestras familias, de la Iglesia y de la sociedad. Tenemos que aprender de la historia y darnos cuenta, como nos dijo el Papa Benedicto XVI, que: “no es un ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico- lo que nos llevará a la unidad-sino es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo”. “La Iglesia no necesita recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender y colaborar en la liberación del hombre: en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta a la vida” (Juan Pablo II, Discurso Inaugural de Puebla, 3). La división es una realidad en todos los ámbitos de la vida, y “solo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. Si no conocemos a Dios y en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino, y al no haber camino, no hay vida ni verdad” (Discurso del Papa en la inauguración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, 3). En la raíz de toda división se encuentra el desconocimiento de Dios pues, a la mayoría de cristianos nos sigue sucediendo ahora, lo que le sucedió hace mucho tiempo al apóstol Felipe, estaba con Jesús pero, en realidad, no sabía quien era Jesús. Muchos cristianos van a misa el día domingo pero, no por convicción sino porque es un mandato de la Iglesia; bautizan a los niños; después, los envían al catecismo para que reciban los sacramentos pero, lo hacen muchas veces también por la misma razón: porque es obligatorio. Esta manera de actuar pone en claro de que numerosos cristianos todavía no han entendido lo que hoy nos dice en la segunda lectura, el apóstol San Pedro: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1 Ped 2, 4-5). Somos piedras vivas no por decisión propia sino, porque por el sacramento del bautismo hemos sido transformados en hijos e hijas de Dios pero, como cristianos cada una y cada uno ha de tomar la decisión de lo que quiere ser en su vida: piedra viva, piedra muerta, o todavía peor, piedra de tropiezo para los que quieren caminar por el camino de la vida cristiana.
Para dialogar: ¿Qué clase de piedra considera que está siendo usted, en orden a conseguir la unidad en su familia, y en su comunidad cristiana?

viernes, 4 de abril de 2008

cuarto domingo de pascua ciclo a

homilia del domingo 13 de abril de 2008
iv domingo de pascua

Cuarto Domingo de Pascua.

JESUCRISTO BUEN PASTOR.

En el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia quiere que nos fijemos en un aspecto concreto sobre la Persona de Nuestro Señor Jesucristo: el Buen Pastor. Jesús mismo nos dice en el Evangelio que él es “el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, y da su vida por ellas” (Jn 10,14; 17). El señorío de Nuestro Señor Jesucristo como Buen Pastor ha sido confirmando de una vez para siempre, una vez que él resucitó del sepulcro: “El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (1 Cor 15,3-4). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las mas inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 639; 651). ¿Y cuál es la importancia que tiene para nuestra vida de cristianos el hecho de que Jesucristo sea el Buen Pastor? Significa que, es en él en quien debemos de buscar toda la verdad, que debemos de escuchar y obedecer su voz mientras peregrinamos por este mundo. Quienes crucificaron al Señor, no quisieron entender que él era, y es: “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), sino que por el contrario, lo consideraron como “un alborotador del pueblo” (Lc 23,14). Hermanas y hermanos, Jesucristo ha resucitado y su resurrección lo ha convertido en “el Único y Buen Pastor” de todas las ovejas. El problema de nuestro tiempo, es el mismo de ayer: No querer reconocer a Nuestro Señor como Buen Pastor. Y por lo mismo no se quiere escuchar ni obedecer su voz, incluso por los que dicen creer en él. Que Jesucristo sea el Buen Pastor, significa que nuestra vida entera tendría que ser conducida por los valores del Evangelio pues, nada que sea verdaderamente humano y bueno puede escapar al pastoreo supremo de Jesucristo. Como cristianos no podemos continuar únicamente contemplando la imagen de Jesucristo Buen Pastor sino que debemos de preguntarnos con seriedad, si Jesucristo está siendo de verdad el Buen Pastor de nuestras vidas. Cuando Dios no es lo mas importante en la vida de muchísimos cristianos, cuando los esposos no quieren vivir con seriedad el sacramento del Matrimonio; cuando los padres y madres de familia no quieren tomarse en serio la educación cristina de sus hijos; cuando en la sociedad predominan la mentira, la envidia, los odios y la violencia; y cuando en la Iglesia muchísimos cristianos, laicos y consagrados, no quieren tomarse en serio su misión de ovejas y pastores: ¿Será que Jesucristo es nuestro Buen Pastor? Y si él no lo es, ¿Quien estará pastoreando nuestra vida?.
Oremos juntos: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (tomado del salmo 22).
Primera parte: Jesucristo Buen Pastor y la Iglesia.

Jesucristo no solo es el Buen Pastor sino que estableció a la Iglesia como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15), y puso en ella ha los apóstoles para que en su nombre pastorearan al Nuevo Pueblo de Dios: “me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo y enseñándoles todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,16-20). “Quien a vosotros recibe, a mi me recibe, y quien me recibe a mí recibe ha Aquel que me envió” (Mt 10,40). “Quien a vosotros escucha, a mi me escucha”. Y desde el tiempo de los apóstoles, la Iglesia no ha dejado de cumplir con el encargo que el Señor resucitado le encomendó: Anunciar a Jesucristo que es la Única Verdad, y el Único Camino que nos conducen hacia la Vida eterna. La Iglesia es entonces, la continuadora de la misión de Jesucristo Buen Pastor, y ella realiza esta tarea en todo el mundo, a través de sus pastores: el Papa, los Obispos, y los sacerdotes. En la primera lectura de este domingo, encontramos al apóstol Pedro anunciando la verdad sobre lo sucedido con Nuestro Señor: “Todo Israel esté cierto de que al mimo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hc 2,22-24). Aquellas palabras de ninguna manera eran una acusación sino el anuncio de una verdad que buscaba la salvación de sus oyentes, y fue así también como muchos de ellos lo entendieron, por eso preguntaban a los apóstoles: “¿Que tenemos que hacer hermanos?” (Hc 2,37). Y lo que hizo el apóstol Pedro junto a los demás apóstoles, lo ha hecho y lo sigue haciendo la Iglesia hoy en día; por eso, “los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la verdad, la defensa categórica —esto es, sin concesiones o compromisos—, de las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condición para la existencia misma de la libertad” (Juan Pablo, II, Carta Encíclica, El Esplendor de la verdad, 64; 95; 96). Pero, lo mismo que en aquel tiempo, muchos no quisieron escuchar las enseñanzas de los apóstoles, también ahora, muchísimos cristianos y no cristianos, no quieren escuchar ni obedecer la voz de Jesucristo a través de la Iglesia, y por eso, la persecución, que se manifiesta de diferentes formas en el mundo entero.
Para dialogar: ¿Tiene la Iglesia obligación de enseñar toda la Verdad sobre Dios, la persona humana, y el mundo en el que vivimos?
Segunda parte: Discípulos y pastores.

En su discurso inaugural para el V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, el Papa Benedicto XVI, dijo:
“los fieles de este continente, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16, 15). Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Hc 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” (Documento Aparecida). Lo sabemos ya de sobra pero, es necesario que lo repitamos: ¡están haciendo falta con urgencia, buenos pastores! ¿en donde? En la familia principalmente pues, es ahí en donde se aprende ha conocer y amar a Dios, al prójimo y el mundo en el que vivimos. Es en la familia en donde se aprende todo, o nada, de lo que verdaderamente importa para la vida. De las universidades no salen los buenos profesionales; de la Academia Nacional de Seguridad Pública, no salen los buenos policías; de los seminarios, no salen los buenos sacerdotes. En estos lugares se estudia pero, los buenos cristianos y los buenos ciudadanos, se forman en cada familia; y por la mismo, la desintegración familiar, el crimen y la delincuencia que sacude a diario a nuestra sociedad, la corrupción en la vida política, y todos los males que nos aquejan, no son mas que señales claras de que las cosas no andan bien en la familia. La Iglesia nos dice que: “La familia es la ‘célula original de la vida social’. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2207). Por eso, ningún cristiano puede creer que no tiene nada que hacer pues, “El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia” (Juan Pablo II, Sobre los fieles laicos, n.40). “La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad” (GS 58). Solo si hacemos de Jesucristo el Buen Pastor de nuestra vida, seremos capaces de realizar la misión que él nos ha encomendado a todos, y a cada uno de nosotros. De lo contrario, habremos vivido en vano en este mundo, y no habremos hecho todo el bien que el Señor esperaba de nosotros.

Para dialogar: ¿Se podrá ser buenos pastores, si primero, no se es unos buenos discípulos del Señor? ¿Considera usted también que hacen falta buenos pastores?

tercer domingo de pascua ciclo a

iii Domingo de Pascua.
homilia del domingo 6 de abril de 2008

LA PRIMERA EVANGELIZACION, Y LA NUEVA EVANGELIZACION.

“La evangelización es la misión propia de la Iglesia” (Documento Pueblo, n.4), y esta es una tarea que le fue confiada por Nuestro Señor una vez resucitado: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19). Los apóstoles se tomaron en serio esta misión, poniendo al servicio de ella todos los bienes con que contaban, e incluso se dispusieron ha sacrificar y sacrificaron hasta sus propias vidas. ¿Por qué tanto así? Porque estaban convencidos de quien era Jesús; habían sido testigos de su Pasión y, Muerte, y después de tres días, también de su Resurrección, y eso los hizo capaces de comprender, que Jesús era el Hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La predicación del Evangelio comenzó a cambiar la vida de las personas, de las familias, y de las sociedades. Pero no creamos que esta primera evangelización fue una tarea fácil para los cristianos de aquella primera hora sino que, muy por el contrario, tuvieron que hacerle frente a toda una serie de dificultades que amenazaban con destruirles: “Las cadenas, las prisiones, el exilio, el hambre, el fuego, las bestias feroces y todos los suplicios que la crueldad de los perseguidores les ha hecho imaginara, no han podido empañar esta fe en el Senor Jesús. No solamente hombres, sino también mujeres, niños pequeños y muchachas han combatido por ella en todas las partes del mundo hasta derramar su sangre” (San León Magno, Sermón 72). ¿Pero qué fue lo que transformó a esta gente, lo que hizo que los mismos apóstoles cambiaran? Y la respuesta nos la ofrece el evangelio de este domingo: Fue el encuentro con Jesús Resucitado. Fue eso lo que hizo que aquellos primeros discípulos que estaban tristes, decepcionados, y con deseos de volverse a sus casas, cambiasen por completo, y en adelante, se dedicasen de lleno, y sin ningún miedo, a predicar que: “a este Jesús Dios lo resucitó, y de lo cual todos ellos eran testigos” (Hc 2, 33). Debemos de entender que aquellos primeros cristianos no hubieran sido capaces de realizar esta primera evangelización, si no hubiesen tenido un encuentro personal con Jesús Resucitado; y si esta primera evangelización no se hubiese realizado, el mundo no seria lo que es, y posiblemente la luz del evangelio todavía no hubiese llegado hasta nosotros. ¿Qué estamos haciendo nosotros para que la Palabra de Nuestro Senor Jesucristo sea conocida, creída y vivida? Existe en nuestra Iglesia una gran mayoría de cristianos que no han entendido que la evangelización es una tarea que nos corresponde a todos los bautizados. Muchos cristianos se han conformado con ser únicamente domingueros, a misa si, pero nada mas eso, sin asumir en serio ningún tipo de compromiso cristiano en sus familias, o en su comunidad. ¿Hacia donde cree usted que esta caminando cada vez mas el mundo? Hacia la descristianización, a vivir como si Dios no existiera. En su reciente visita que los obispos salvadoreños han realizado al Papa, él les ha dicho: "es preciso impulsar un ambicioso y audaz esfuerzo de evangelización en vuestras comunidades diocesanas, orientado a facilitar en todos los fieles ese encuentro íntimo con Cristo vivo que está a la base y en el origen del ser cristiano" (Visita Ad Limina de Obispos de El Salvador (02-28-08). Pero eso, sólo será posible con la participación de todos los bautizados y bautizadas.
Oremos juntos: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte esta en tu mano. Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con el a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregaras a la muerte ni dejaras a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñaras el sendero de la vida, me saciaras de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Del Salmo 15).
Primera parte: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?

Todo tiene su razón de ser, y la Iglesia, como Cuerpo de Cristo que es, tiene también una misión específica que desempeñar en este mundo, que es
:
“revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a si mismo en el, ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos, en definitiva, a conocer las insondables riquezas de Cristo (Ef 3,8), porque esta son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno” (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 11). Esta es la misión de la Iglesia: hacer conocer la voluntad de Dios a todos, y ayudar a todos a vivir de cuerdo con esa voluntad para que juntos podamos conseguir la vida eterna. “Ciertamente, la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. Pues el fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Además, en virtud de su misión y naturaleza, la Iglesia no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas” (Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo, 42). Eso sí, en ninguna parte y en ninguna época de la historia le ha sido fácil a la Iglesia poder realizar la misión que Nuestro Señor le ha encomendado, y esto, ya sea por las dificultades del mundo en el que vivimos, o por los problemas que surgen al interior de ella misma.
Para dialogar: La Iglesia somos todos los bautizados, y la responsabilidad de realizar la misión que Jesucristo le ha confiado, es tarea de todos: ¿Considera usted que todos los bautizados se sienten responsables de la misión que Nuestro Señor Jesucristo le ha encomendado a su Iglesia ¿Si o no? ¿Por qué?
Segunda parte: La Nueva Evangelización.

Hablando de la Nueva Evangelización, el Cardenal Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, pronunció las siguientes palabras en un discurso dirigido a un grupo de catequistas y profesores de religión: “Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona” (L’osservatore Romano, 19 de enero de 2001). Cuando vemos nuestra realidad fácilmente podemos darnos cuenta de que muchos cristianos alrededor no han aprendido el arte de vivir, de vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, y por lo mismo no son felices. El mundo esta lleno de infelicidad, y el Papa dice que la pobreza más profunda se encuentra en el hecho de perderle el sentido a la vida, y eso, es incontable el número de hombres y mujeres que no saben ni para que viven en este mundo. Por eso es que sigue haciendo falta una Nueva Evangelización en todos los tiempos y en todo lugar pues, solamente “la alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Documento Aparecida, 29). Hermanos, es un pecado cruzarnos de brazos para simplemente ver pasar la vida pues, aunque los seres humanos seguimos siendo los mismos, las ideas en el mundo cambian de un día para otro, y son estas ideas, que cuando son equivocadas, llevan a que el cristiano se aparte en su comportamiento de Jesucristo que es, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). ¿Cuál es la razón principal del aborto? ¿De todos los métodos de Planificación Familiar Artificial? ¿De una educación sexual en las escuelas que muy poco tiene de educación pero, mucho de perversión? ¿De los llamados matrimonios entre homosexuales que ya se realizan legalmente en varios países del mundo? ¿De la desintegración familiar, y del descuido en la educación de los hijos? La razón fundamental de toda esta situación es que la mayoría de cristianos nos hemos olvidado de hacer presente y eficaz, en nuestro tiempo y en nuestras comunidades, la misión fundamental de la Iglesia que es, EVANGELIZAR; y para nuestra situación en El Salvador, si las cosas estuvieran bien, entonces el santo padre no hubiera pedido a nuestros obispos que “impulsen un ambicioso y audaz esfuerzo de evangelización en sus comunidades diocesanas, orientado a facilitar en todos los fieles ese encuentro íntimo con Cristo vivo que está a la base y en el origen del ser cristiano" (Visita Ad Limina de Obispos de El Salvador (02-28-08). Como están las cosas en nuestro tiempo, si no nos comprometemos todos en ese ambicioso y audaz esfuerzo evangelizador, que el Papa ha pedido a la Iglesia en El Salvador: ¿Qué vamos ha heredar nosotros a las próximas generaciones de cristianos que vivan en este país?
Para dialogar: Piense y comparta con los demás hermanos y hermanas

martes, 25 de marzo de 2008

domingo segundo de pascua ciclo a

homilia del 30 de marzo de 2008
II Domingo de Pascua.



Más alabanzas aquí


LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Cuando Dios quiere revelar un mensaje a la humanidad, no busca a los más importantes y sabios, sino que se revela a través de los más sencillos y humildes, que saben ser dóciles a sus inspiraciones y gracias. Este es el caso del mensaje de la Divina Misericordia dado a Santa María Faustina Kowalska, religiosa polaca, instrumento elegido y probado por el Señor. Santa Faustina (como es conocida en el mundo entero) pertenecía a la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, conocidas como las "Hermanas Magdalenas" que se dedican a la educación de jóvenes de bajos recursos. El 22 de febrero de 1931, santa Faustina recibió la primera revelación de la Misericordia de Dios, ella lo anota así en su diario: "En la noche cuando estaba en mi celda, vi al Señor Jesús vestido de blanco. Una mano estaba levantada en ademán de bendecir y, con la otra mano, se tocaba el vestido, que aparecía un poco abierto en el pecho, brillaban dos rayos largos: uno era rojo y, el otro blanco. Yo me quedé en silencio contemplando al Señor. Mi alma estaba llena de miedo pero también rebosante de felicidad. Después de un rato, Jesús me dijo: “Pinta una imagen Mía, según la visión que ves, con la Inscripción: "¡Jesús, yo confío en Ti!” Yo deseo que esta Imagen sea venerada, primero en tu capilla y después en el mundo entero. Yo prometo que el alma que honrare esta imagen, no perecerá. También le prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, pero especialmente a la hora de su muerte. Yo el Señor la defenderé como a Mi propia Gloria”. Cuando contó esto en confesión, el padre le dijo que seguramente Jesús deseaba pintar esta imagen en su corazón pero ella sentía que Jesús le decía "Mi Imagen ya está en tu corazón. Yo deseo que se establezca una fiesta de la Misericordia y que esta imagen sea venerada por todo el mundo. Esta fiesta será el primer domingo después de Pascua. Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia Mía a los pecadores. Por orden de su confesor Santa Faustina le preguntó al Señor el significado de los rayos que aparecen en la imagen emanando del corazón y el Señor le respondió: "Los dos rayos significan Sangre y Agua- el rayo pálido representa el Agua que justifica a las almas; el rayo rojo simboliza la Sangre, que es la vida de las almas-. Ambos rayos brotaron de las entrañas mas profundas de Mi misericordia cuando mi corazón agonizado fué abierto por una lanza en la Cruz... Bienaventurado aquel que se refugie en ellos, porque la justa mano de Dios no le seguirá hasta allí". El Señor manifiesta su Corazón, y el agua y la sangre que de él brotaron como manantial de reconciliación para todos los hombres. ¿Y como podemos nosotros participar y obtener la Misericordia de Dios? Nuestro Señor le señaló cuatro medios concretos a santa Faustina, que son: la Novena a la Divina Misericordia , la Coronilla a la Divina Misericordia, la Hora de la Divina Misericordia y la Veneración de la Imagen de la Divina Misericordia. A través de estos actos de piedad, el Señor nos llama a todos a pedir Su Misericordia. Hermanas y hermanos, Dios quiere que nos acerquemos a Él orando sin cesar, arrepintiéndonos de nuestros pecados y pidiendo que Él derrame Su Misericordia sobre nosotros y el mundo entero.
Oremos juntos: “Dios, Padre Misericordioso, que has revelado Tu Amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo: Te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre. Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal; haz que todos los habitantes de la tierra experimenten Tu Misericordia, para que en Ti, Dios Uno y Trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza. Padre Eterno, por la Dolorosa Pasión y Resurrección de Tu Hijo, Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero. Amen”. Padre Nuestro, Ave Maria, Gloria al Padre…
Primera parte: La Devoción a la Divina Misericordia.

“Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme” (Papa Benedicto XVI, Salvados en la Esperanza, n. 23; 35). La Sagrada Escritura está llena de ejemplos de cómo confiar en Dios y pedir Su Misericordia: los Salmos; la fe de Abrahán y Moisés, hombres que suplicaron a Dios; el hombre que persuadió a su amigo a que se levantara a medianoche para que le prestara un poco de pan; la viuda persistente que consiguió la justicia del juez injusto; la mujer cananea que dialogó con fe con Jesús acerca del derecho que ella tenía de Su Misericordia; el ejemplo de María Santísima, cuya petición de misericordia en Caná resultó en que Jesús hizo Su primer milagro público, así reconociendo que Su Hora sí había llegado. El tema de la Divina Misericordia está presente durante todo el año litúrgico. La elección del II Domingo de Pascua, que concluye la octava de la Resurrección del Señor, indica la estrecha relación que existe entre el misterio pascual de la Salvación y la fiesta de la Misericordia. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo son, en efecto, la más grande manifestación de la Divina Misericordia de Dios Padre hacia los hombres, especialmente hacia los pecadores. Esta relación está subrayada por la novena que precede a la fiesta, que se inicia el Viernes Santo y se prolonga hasta el II Domingo de Pascua. Jesús mismo le explicó a Santa Faustina el motivo por el cual establece esta fiesta: “Las almas mueren a pesar de mi Dolorosa Pasión...Si no adoran Mi Misericordia, morirán para siempre” (Diario, 65), y también: “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la fiesta de la Misericordia” (Diario, 965). La fiesta de la Misericordia ha de ser no sólo un día de particular veneración de Dios en este misterio, sino sobre todo un día de gracia para todos los cristianos, un día de reconciliación con Dios y con los hermanos por medio del sacramento de la penitencia: “En aquel día quien se acerque a la Fuente de la Vida (Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía), conseguirá la remisión total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). La Comunión ha de ser recibida el mismo día de la fiesta de la Misericordia, mientras que la confesión puede hacerse durante los siete días previos a la comunión o los siete posteriores a ella. Además de esta gracia extraordinaria, el Señor promete: “Derramaré todo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de Misericordia. En ese día están abiertas todas las compuertas Divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata serán perdonados” (Diario, 699). Queda claro entonces que Nuestro Señor vinculó esta abundancia de gracias y beneficios sólo a ésta y no a las otras formas de devoción a la Divina Misericordia. Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Siervo de Dios Juan Pablo II, instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección.
Para dialogar: ¿Conoce usted algo sobre la devoción a la Divina Misericordia? ¿Quiere compartirlo con nosotros?
Segunda parte: En la Misericordia de Dios, esta nuestra vida.

Nuestro Señor Jesucristo nos dice en su Palabra que “él ha venido para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia” (Jn 10,10), y esa es precisamente la enseñanza fundamental en la fiesta de la Divina Misericordia: Nuestra vida esta en la Misericordia de Dios. El apóstol San Pablo nos enseña que “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6,23), pero, a esa muerte que ha entrado en el mundo por el pecado de un solo hombre, se opone y vence, la gracia de Dios: “Si por el delito de uno solo murieron todos ¡Cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rm 5,15). Y esta Misericordia de la que nos habla el apóstol, se desprende de Jesucristo Resucitado, hacia cada uno de nosotros, como el agua que brota de una fuente de manera inagotable para saciar toda esa que permanece en lo más profundo de nuestro interior, y que no puede ser saciada por nadie sino únicamente por nuestro Creador. Pero lo más interesante es que la Misericordia de Dios llega a nuestras vidas de forma gratuita. A propósito de esto, le dijo Nuestro Señor a Santa Faustina: “Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible Misericordia Mía. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi Misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi Misericordia. Cada alma respecto a Mí, por toda la eternidad meditará Mi Amor y Mi Misericordia. La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer Domingo después de Pascua. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi Misericordia". ¿Podríamos nosotros creer esto?: “La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi Misericordia". A muchos cristianos quizás se les haga mas fácil creer en un discurso político que es casi todo pura mentira, y no en el mensaje de la Divina Misericordia que es todo una verdad de parte de Dios. Nunca en la historia de la humanidad, una ideología política, ha sido capaz de lograr lo que el Evangelio de Nuestro Señor ha alcanzado siempre, ahí, donde los cristianos han sido capaces de confiar plenamente en la Misericordia de Dios, confianza que claro esta, ha supuesto en ellos la conversión de todas aquellas actitudes personales que se oponen a la construcción del Reino de Dios en sus familias, en la Iglesia y en la sociedad. La segunda lectura de este domingo, nos presenta un ejemplo sorprendente de cómo la Divina Misericordia transformó por completo la vida de los primeros cristianos: “los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hc 2,44). Y algo interesante es que, este testimonio de la presencia de la Divina Misericordia en la vida de los primeros cristianos, hacía que otros se convergieran al Señor: “eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que había de salvar” (Hc 2,47).
Para dialogar: ¿Como podemos celebrar la fiesta de la Divina Misericordia a nivel personal, familiar, comunitario y parroquial? piénsenlo y háganlo, no se queden únicamente pensando.