viernes, 4 de abril de 2008

cuarto domingo de pascua ciclo a

homilia del domingo 13 de abril de 2008
iv domingo de pascua

Cuarto Domingo de Pascua.

JESUCRISTO BUEN PASTOR.

En el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia quiere que nos fijemos en un aspecto concreto sobre la Persona de Nuestro Señor Jesucristo: el Buen Pastor. Jesús mismo nos dice en el Evangelio que él es “el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, y da su vida por ellas” (Jn 10,14; 17). El señorío de Nuestro Señor Jesucristo como Buen Pastor ha sido confirmando de una vez para siempre, una vez que él resucitó del sepulcro: “El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (1 Cor 15,3-4). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las mas inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 639; 651). ¿Y cuál es la importancia que tiene para nuestra vida de cristianos el hecho de que Jesucristo sea el Buen Pastor? Significa que, es en él en quien debemos de buscar toda la verdad, que debemos de escuchar y obedecer su voz mientras peregrinamos por este mundo. Quienes crucificaron al Señor, no quisieron entender que él era, y es: “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), sino que por el contrario, lo consideraron como “un alborotador del pueblo” (Lc 23,14). Hermanas y hermanos, Jesucristo ha resucitado y su resurrección lo ha convertido en “el Único y Buen Pastor” de todas las ovejas. El problema de nuestro tiempo, es el mismo de ayer: No querer reconocer a Nuestro Señor como Buen Pastor. Y por lo mismo no se quiere escuchar ni obedecer su voz, incluso por los que dicen creer en él. Que Jesucristo sea el Buen Pastor, significa que nuestra vida entera tendría que ser conducida por los valores del Evangelio pues, nada que sea verdaderamente humano y bueno puede escapar al pastoreo supremo de Jesucristo. Como cristianos no podemos continuar únicamente contemplando la imagen de Jesucristo Buen Pastor sino que debemos de preguntarnos con seriedad, si Jesucristo está siendo de verdad el Buen Pastor de nuestras vidas. Cuando Dios no es lo mas importante en la vida de muchísimos cristianos, cuando los esposos no quieren vivir con seriedad el sacramento del Matrimonio; cuando los padres y madres de familia no quieren tomarse en serio la educación cristina de sus hijos; cuando en la sociedad predominan la mentira, la envidia, los odios y la violencia; y cuando en la Iglesia muchísimos cristianos, laicos y consagrados, no quieren tomarse en serio su misión de ovejas y pastores: ¿Será que Jesucristo es nuestro Buen Pastor? Y si él no lo es, ¿Quien estará pastoreando nuestra vida?.
Oremos juntos: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (tomado del salmo 22).
Primera parte: Jesucristo Buen Pastor y la Iglesia.

Jesucristo no solo es el Buen Pastor sino que estableció a la Iglesia como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15), y puso en ella ha los apóstoles para que en su nombre pastorearan al Nuevo Pueblo de Dios: “me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo y enseñándoles todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,16-20). “Quien a vosotros recibe, a mi me recibe, y quien me recibe a mí recibe ha Aquel que me envió” (Mt 10,40). “Quien a vosotros escucha, a mi me escucha”. Y desde el tiempo de los apóstoles, la Iglesia no ha dejado de cumplir con el encargo que el Señor resucitado le encomendó: Anunciar a Jesucristo que es la Única Verdad, y el Único Camino que nos conducen hacia la Vida eterna. La Iglesia es entonces, la continuadora de la misión de Jesucristo Buen Pastor, y ella realiza esta tarea en todo el mundo, a través de sus pastores: el Papa, los Obispos, y los sacerdotes. En la primera lectura de este domingo, encontramos al apóstol Pedro anunciando la verdad sobre lo sucedido con Nuestro Señor: “Todo Israel esté cierto de que al mimo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hc 2,22-24). Aquellas palabras de ninguna manera eran una acusación sino el anuncio de una verdad que buscaba la salvación de sus oyentes, y fue así también como muchos de ellos lo entendieron, por eso preguntaban a los apóstoles: “¿Que tenemos que hacer hermanos?” (Hc 2,37). Y lo que hizo el apóstol Pedro junto a los demás apóstoles, lo ha hecho y lo sigue haciendo la Iglesia hoy en día; por eso, “los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la verdad, la defensa categórica —esto es, sin concesiones o compromisos—, de las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condición para la existencia misma de la libertad” (Juan Pablo, II, Carta Encíclica, El Esplendor de la verdad, 64; 95; 96). Pero, lo mismo que en aquel tiempo, muchos no quisieron escuchar las enseñanzas de los apóstoles, también ahora, muchísimos cristianos y no cristianos, no quieren escuchar ni obedecer la voz de Jesucristo a través de la Iglesia, y por eso, la persecución, que se manifiesta de diferentes formas en el mundo entero.
Para dialogar: ¿Tiene la Iglesia obligación de enseñar toda la Verdad sobre Dios, la persona humana, y el mundo en el que vivimos?
Segunda parte: Discípulos y pastores.

En su discurso inaugural para el V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, el Papa Benedicto XVI, dijo:
“los fieles de este continente, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16, 15). Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Hc 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” (Documento Aparecida). Lo sabemos ya de sobra pero, es necesario que lo repitamos: ¡están haciendo falta con urgencia, buenos pastores! ¿en donde? En la familia principalmente pues, es ahí en donde se aprende ha conocer y amar a Dios, al prójimo y el mundo en el que vivimos. Es en la familia en donde se aprende todo, o nada, de lo que verdaderamente importa para la vida. De las universidades no salen los buenos profesionales; de la Academia Nacional de Seguridad Pública, no salen los buenos policías; de los seminarios, no salen los buenos sacerdotes. En estos lugares se estudia pero, los buenos cristianos y los buenos ciudadanos, se forman en cada familia; y por la mismo, la desintegración familiar, el crimen y la delincuencia que sacude a diario a nuestra sociedad, la corrupción en la vida política, y todos los males que nos aquejan, no son mas que señales claras de que las cosas no andan bien en la familia. La Iglesia nos dice que: “La familia es la ‘célula original de la vida social’. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2207). Por eso, ningún cristiano puede creer que no tiene nada que hacer pues, “El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia” (Juan Pablo II, Sobre los fieles laicos, n.40). “La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad” (GS 58). Solo si hacemos de Jesucristo el Buen Pastor de nuestra vida, seremos capaces de realizar la misión que él nos ha encomendado a todos, y a cada uno de nosotros. De lo contrario, habremos vivido en vano en este mundo, y no habremos hecho todo el bien que el Señor esperaba de nosotros.

Para dialogar: ¿Se podrá ser buenos pastores, si primero, no se es unos buenos discípulos del Señor? ¿Considera usted también que hacen falta buenos pastores?

tercer domingo de pascua ciclo a

iii Domingo de Pascua.
homilia del domingo 6 de abril de 2008

LA PRIMERA EVANGELIZACION, Y LA NUEVA EVANGELIZACION.

“La evangelización es la misión propia de la Iglesia” (Documento Pueblo, n.4), y esta es una tarea que le fue confiada por Nuestro Señor una vez resucitado: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19). Los apóstoles se tomaron en serio esta misión, poniendo al servicio de ella todos los bienes con que contaban, e incluso se dispusieron ha sacrificar y sacrificaron hasta sus propias vidas. ¿Por qué tanto así? Porque estaban convencidos de quien era Jesús; habían sido testigos de su Pasión y, Muerte, y después de tres días, también de su Resurrección, y eso los hizo capaces de comprender, que Jesús era el Hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La predicación del Evangelio comenzó a cambiar la vida de las personas, de las familias, y de las sociedades. Pero no creamos que esta primera evangelización fue una tarea fácil para los cristianos de aquella primera hora sino que, muy por el contrario, tuvieron que hacerle frente a toda una serie de dificultades que amenazaban con destruirles: “Las cadenas, las prisiones, el exilio, el hambre, el fuego, las bestias feroces y todos los suplicios que la crueldad de los perseguidores les ha hecho imaginara, no han podido empañar esta fe en el Senor Jesús. No solamente hombres, sino también mujeres, niños pequeños y muchachas han combatido por ella en todas las partes del mundo hasta derramar su sangre” (San León Magno, Sermón 72). ¿Pero qué fue lo que transformó a esta gente, lo que hizo que los mismos apóstoles cambiaran? Y la respuesta nos la ofrece el evangelio de este domingo: Fue el encuentro con Jesús Resucitado. Fue eso lo que hizo que aquellos primeros discípulos que estaban tristes, decepcionados, y con deseos de volverse a sus casas, cambiasen por completo, y en adelante, se dedicasen de lleno, y sin ningún miedo, a predicar que: “a este Jesús Dios lo resucitó, y de lo cual todos ellos eran testigos” (Hc 2, 33). Debemos de entender que aquellos primeros cristianos no hubieran sido capaces de realizar esta primera evangelización, si no hubiesen tenido un encuentro personal con Jesús Resucitado; y si esta primera evangelización no se hubiese realizado, el mundo no seria lo que es, y posiblemente la luz del evangelio todavía no hubiese llegado hasta nosotros. ¿Qué estamos haciendo nosotros para que la Palabra de Nuestro Senor Jesucristo sea conocida, creída y vivida? Existe en nuestra Iglesia una gran mayoría de cristianos que no han entendido que la evangelización es una tarea que nos corresponde a todos los bautizados. Muchos cristianos se han conformado con ser únicamente domingueros, a misa si, pero nada mas eso, sin asumir en serio ningún tipo de compromiso cristiano en sus familias, o en su comunidad. ¿Hacia donde cree usted que esta caminando cada vez mas el mundo? Hacia la descristianización, a vivir como si Dios no existiera. En su reciente visita que los obispos salvadoreños han realizado al Papa, él les ha dicho: "es preciso impulsar un ambicioso y audaz esfuerzo de evangelización en vuestras comunidades diocesanas, orientado a facilitar en todos los fieles ese encuentro íntimo con Cristo vivo que está a la base y en el origen del ser cristiano" (Visita Ad Limina de Obispos de El Salvador (02-28-08). Pero eso, sólo será posible con la participación de todos los bautizados y bautizadas.
Oremos juntos: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte esta en tu mano. Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con el a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregaras a la muerte ni dejaras a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñaras el sendero de la vida, me saciaras de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Del Salmo 15).
Primera parte: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?

Todo tiene su razón de ser, y la Iglesia, como Cuerpo de Cristo que es, tiene también una misión específica que desempeñar en este mundo, que es
:
“revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a si mismo en el, ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos, en definitiva, a conocer las insondables riquezas de Cristo (Ef 3,8), porque esta son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno” (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 11). Esta es la misión de la Iglesia: hacer conocer la voluntad de Dios a todos, y ayudar a todos a vivir de cuerdo con esa voluntad para que juntos podamos conseguir la vida eterna. “Ciertamente, la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. Pues el fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Además, en virtud de su misión y naturaleza, la Iglesia no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas” (Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo, 42). Eso sí, en ninguna parte y en ninguna época de la historia le ha sido fácil a la Iglesia poder realizar la misión que Nuestro Señor le ha encomendado, y esto, ya sea por las dificultades del mundo en el que vivimos, o por los problemas que surgen al interior de ella misma.
Para dialogar: La Iglesia somos todos los bautizados, y la responsabilidad de realizar la misión que Jesucristo le ha confiado, es tarea de todos: ¿Considera usted que todos los bautizados se sienten responsables de la misión que Nuestro Señor Jesucristo le ha encomendado a su Iglesia ¿Si o no? ¿Por qué?
Segunda parte: La Nueva Evangelización.

Hablando de la Nueva Evangelización, el Cardenal Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, pronunció las siguientes palabras en un discurso dirigido a un grupo de catequistas y profesores de religión: “Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona” (L’osservatore Romano, 19 de enero de 2001). Cuando vemos nuestra realidad fácilmente podemos darnos cuenta de que muchos cristianos alrededor no han aprendido el arte de vivir, de vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, y por lo mismo no son felices. El mundo esta lleno de infelicidad, y el Papa dice que la pobreza más profunda se encuentra en el hecho de perderle el sentido a la vida, y eso, es incontable el número de hombres y mujeres que no saben ni para que viven en este mundo. Por eso es que sigue haciendo falta una Nueva Evangelización en todos los tiempos y en todo lugar pues, solamente “la alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Documento Aparecida, 29). Hermanos, es un pecado cruzarnos de brazos para simplemente ver pasar la vida pues, aunque los seres humanos seguimos siendo los mismos, las ideas en el mundo cambian de un día para otro, y son estas ideas, que cuando son equivocadas, llevan a que el cristiano se aparte en su comportamiento de Jesucristo que es, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). ¿Cuál es la razón principal del aborto? ¿De todos los métodos de Planificación Familiar Artificial? ¿De una educación sexual en las escuelas que muy poco tiene de educación pero, mucho de perversión? ¿De los llamados matrimonios entre homosexuales que ya se realizan legalmente en varios países del mundo? ¿De la desintegración familiar, y del descuido en la educación de los hijos? La razón fundamental de toda esta situación es que la mayoría de cristianos nos hemos olvidado de hacer presente y eficaz, en nuestro tiempo y en nuestras comunidades, la misión fundamental de la Iglesia que es, EVANGELIZAR; y para nuestra situación en El Salvador, si las cosas estuvieran bien, entonces el santo padre no hubiera pedido a nuestros obispos que “impulsen un ambicioso y audaz esfuerzo de evangelización en sus comunidades diocesanas, orientado a facilitar en todos los fieles ese encuentro íntimo con Cristo vivo que está a la base y en el origen del ser cristiano" (Visita Ad Limina de Obispos de El Salvador (02-28-08). Como están las cosas en nuestro tiempo, si no nos comprometemos todos en ese ambicioso y audaz esfuerzo evangelizador, que el Papa ha pedido a la Iglesia en El Salvador: ¿Qué vamos ha heredar nosotros a las próximas generaciones de cristianos que vivan en este país?
Para dialogar: Piense y comparta con los demás hermanos y hermanas

martes, 25 de marzo de 2008

domingo segundo de pascua ciclo a

homilia del 30 de marzo de 2008
II Domingo de Pascua.



Más alabanzas aquí


LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Cuando Dios quiere revelar un mensaje a la humanidad, no busca a los más importantes y sabios, sino que se revela a través de los más sencillos y humildes, que saben ser dóciles a sus inspiraciones y gracias. Este es el caso del mensaje de la Divina Misericordia dado a Santa María Faustina Kowalska, religiosa polaca, instrumento elegido y probado por el Señor. Santa Faustina (como es conocida en el mundo entero) pertenecía a la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, conocidas como las "Hermanas Magdalenas" que se dedican a la educación de jóvenes de bajos recursos. El 22 de febrero de 1931, santa Faustina recibió la primera revelación de la Misericordia de Dios, ella lo anota así en su diario: "En la noche cuando estaba en mi celda, vi al Señor Jesús vestido de blanco. Una mano estaba levantada en ademán de bendecir y, con la otra mano, se tocaba el vestido, que aparecía un poco abierto en el pecho, brillaban dos rayos largos: uno era rojo y, el otro blanco. Yo me quedé en silencio contemplando al Señor. Mi alma estaba llena de miedo pero también rebosante de felicidad. Después de un rato, Jesús me dijo: “Pinta una imagen Mía, según la visión que ves, con la Inscripción: "¡Jesús, yo confío en Ti!” Yo deseo que esta Imagen sea venerada, primero en tu capilla y después en el mundo entero. Yo prometo que el alma que honrare esta imagen, no perecerá. También le prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, pero especialmente a la hora de su muerte. Yo el Señor la defenderé como a Mi propia Gloria”. Cuando contó esto en confesión, el padre le dijo que seguramente Jesús deseaba pintar esta imagen en su corazón pero ella sentía que Jesús le decía "Mi Imagen ya está en tu corazón. Yo deseo que se establezca una fiesta de la Misericordia y que esta imagen sea venerada por todo el mundo. Esta fiesta será el primer domingo después de Pascua. Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia Mía a los pecadores. Por orden de su confesor Santa Faustina le preguntó al Señor el significado de los rayos que aparecen en la imagen emanando del corazón y el Señor le respondió: "Los dos rayos significan Sangre y Agua- el rayo pálido representa el Agua que justifica a las almas; el rayo rojo simboliza la Sangre, que es la vida de las almas-. Ambos rayos brotaron de las entrañas mas profundas de Mi misericordia cuando mi corazón agonizado fué abierto por una lanza en la Cruz... Bienaventurado aquel que se refugie en ellos, porque la justa mano de Dios no le seguirá hasta allí". El Señor manifiesta su Corazón, y el agua y la sangre que de él brotaron como manantial de reconciliación para todos los hombres. ¿Y como podemos nosotros participar y obtener la Misericordia de Dios? Nuestro Señor le señaló cuatro medios concretos a santa Faustina, que son: la Novena a la Divina Misericordia , la Coronilla a la Divina Misericordia, la Hora de la Divina Misericordia y la Veneración de la Imagen de la Divina Misericordia. A través de estos actos de piedad, el Señor nos llama a todos a pedir Su Misericordia. Hermanas y hermanos, Dios quiere que nos acerquemos a Él orando sin cesar, arrepintiéndonos de nuestros pecados y pidiendo que Él derrame Su Misericordia sobre nosotros y el mundo entero.
Oremos juntos: “Dios, Padre Misericordioso, que has revelado Tu Amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo: Te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre. Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal; haz que todos los habitantes de la tierra experimenten Tu Misericordia, para que en Ti, Dios Uno y Trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza. Padre Eterno, por la Dolorosa Pasión y Resurrección de Tu Hijo, Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero. Amen”. Padre Nuestro, Ave Maria, Gloria al Padre…
Primera parte: La Devoción a la Divina Misericordia.

“Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme” (Papa Benedicto XVI, Salvados en la Esperanza, n. 23; 35). La Sagrada Escritura está llena de ejemplos de cómo confiar en Dios y pedir Su Misericordia: los Salmos; la fe de Abrahán y Moisés, hombres que suplicaron a Dios; el hombre que persuadió a su amigo a que se levantara a medianoche para que le prestara un poco de pan; la viuda persistente que consiguió la justicia del juez injusto; la mujer cananea que dialogó con fe con Jesús acerca del derecho que ella tenía de Su Misericordia; el ejemplo de María Santísima, cuya petición de misericordia en Caná resultó en que Jesús hizo Su primer milagro público, así reconociendo que Su Hora sí había llegado. El tema de la Divina Misericordia está presente durante todo el año litúrgico. La elección del II Domingo de Pascua, que concluye la octava de la Resurrección del Señor, indica la estrecha relación que existe entre el misterio pascual de la Salvación y la fiesta de la Misericordia. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo son, en efecto, la más grande manifestación de la Divina Misericordia de Dios Padre hacia los hombres, especialmente hacia los pecadores. Esta relación está subrayada por la novena que precede a la fiesta, que se inicia el Viernes Santo y se prolonga hasta el II Domingo de Pascua. Jesús mismo le explicó a Santa Faustina el motivo por el cual establece esta fiesta: “Las almas mueren a pesar de mi Dolorosa Pasión...Si no adoran Mi Misericordia, morirán para siempre” (Diario, 65), y también: “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la fiesta de la Misericordia” (Diario, 965). La fiesta de la Misericordia ha de ser no sólo un día de particular veneración de Dios en este misterio, sino sobre todo un día de gracia para todos los cristianos, un día de reconciliación con Dios y con los hermanos por medio del sacramento de la penitencia: “En aquel día quien se acerque a la Fuente de la Vida (Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía), conseguirá la remisión total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). La Comunión ha de ser recibida el mismo día de la fiesta de la Misericordia, mientras que la confesión puede hacerse durante los siete días previos a la comunión o los siete posteriores a ella. Además de esta gracia extraordinaria, el Señor promete: “Derramaré todo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de Misericordia. En ese día están abiertas todas las compuertas Divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata serán perdonados” (Diario, 699). Queda claro entonces que Nuestro Señor vinculó esta abundancia de gracias y beneficios sólo a ésta y no a las otras formas de devoción a la Divina Misericordia. Por fin, el 30 de abril del año 2000, coincidiendo con la canonización de Santa Faustina, “Apóstol de la Divina Misericordia”, el Siervo de Dios Juan Pablo II, instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha: Domingo siguiente a la Pascua de Resurrección.
Para dialogar: ¿Conoce usted algo sobre la devoción a la Divina Misericordia? ¿Quiere compartirlo con nosotros?
Segunda parte: En la Misericordia de Dios, esta nuestra vida.

Nuestro Señor Jesucristo nos dice en su Palabra que “él ha venido para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia” (Jn 10,10), y esa es precisamente la enseñanza fundamental en la fiesta de la Divina Misericordia: Nuestra vida esta en la Misericordia de Dios. El apóstol San Pablo nos enseña que “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6,23), pero, a esa muerte que ha entrado en el mundo por el pecado de un solo hombre, se opone y vence, la gracia de Dios: “Si por el delito de uno solo murieron todos ¡Cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rm 5,15). Y esta Misericordia de la que nos habla el apóstol, se desprende de Jesucristo Resucitado, hacia cada uno de nosotros, como el agua que brota de una fuente de manera inagotable para saciar toda esa que permanece en lo más profundo de nuestro interior, y que no puede ser saciada por nadie sino únicamente por nuestro Creador. Pero lo más interesante es que la Misericordia de Dios llega a nuestras vidas de forma gratuita. A propósito de esto, le dijo Nuestro Señor a Santa Faustina: “Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible Misericordia Mía. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi Misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi Misericordia. Cada alma respecto a Mí, por toda la eternidad meditará Mi Amor y Mi Misericordia. La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer Domingo después de Pascua. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi Misericordia". ¿Podríamos nosotros creer esto?: “La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi Misericordia". A muchos cristianos quizás se les haga mas fácil creer en un discurso político que es casi todo pura mentira, y no en el mensaje de la Divina Misericordia que es todo una verdad de parte de Dios. Nunca en la historia de la humanidad, una ideología política, ha sido capaz de lograr lo que el Evangelio de Nuestro Señor ha alcanzado siempre, ahí, donde los cristianos han sido capaces de confiar plenamente en la Misericordia de Dios, confianza que claro esta, ha supuesto en ellos la conversión de todas aquellas actitudes personales que se oponen a la construcción del Reino de Dios en sus familias, en la Iglesia y en la sociedad. La segunda lectura de este domingo, nos presenta un ejemplo sorprendente de cómo la Divina Misericordia transformó por completo la vida de los primeros cristianos: “los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hc 2,44). Y algo interesante es que, este testimonio de la presencia de la Divina Misericordia en la vida de los primeros cristianos, hacía que otros se convergieran al Señor: “eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que había de salvar” (Hc 2,47).
Para dialogar: ¿Como podemos celebrar la fiesta de la Divina Misericordia a nivel personal, familiar, comunitario y parroquial? piénsenlo y háganlo, no se queden únicamente pensando.


martes, 11 de marzo de 2008

domingo de Ramos ciclo a

Homilia del domingo 16 de marzo de 2008
vi domingo de cuaresma

salmos de la vigilia del sábado de gloria y pregón aqui

SEMANA DE DOLORES.

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos en la recta final de este tiempo de Cuaresma, muy pronto estaremos celebrando la Semana Santa. Estos son días que tienen un significado diferente según sea o viva cada persona: para muchos, la Semana Santa significa unos días de vacaciones, para ir a la playa o simplemente estar con sus familias; todos los años en Semana Santa aumentan los accidentes de tránsito, siempre muere mucha gente ahogada en el mar, y el número de crímenes, que ya es alto en nuestro país, en estos días es todavía aún mayor. Hay muchos cristianos que no se acercan a los templos en ningún otro tiempo pero, en estos días sí se dan su paseadita, sobretodo el Domingo de Ramos y el Viernes Santo para el Vía Crucis pero, después de estas dos ocasiones ya no se les vuelve a ver sino hasta la próxima Semana Santa. ¿Y qué es lo que celebramos en Semana Santa? Celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús padeció y muere por toda la humanidad pero, no se queda en la tumba sino que resucita, y esto es grandioso para nosotros como cristianos pues, es la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo lo que le da vida a nuestra fe y ha nuestro vivir como hijos de Dios en este mundo. En Semana Santa, recordamos, celebramos y actualizamos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, esto no quiere decir que en realidad Jesús vuelva a sufrir, morir y resucitar como sucedió hace dos mil años, sino que, por la importancia que este acontecimiento tiene para nuestra salvación, los cristianos celebramos año tras año este acontecimiento salvifico. Un acontecimiento grande se celebra de manera grande, y esa es la razón por la cual la Iglesia nos invita ha prepararnos espiritualmente con la oración, el ayuno y la limosna durante todos estos días de Cuaresma para celebrar debidamente la Pascua del Señor, su paso salvador por este mundo. ¿Considera usted que se ha preparado debidamente en lo espiritual para celebrar esta Semana Santa? ¿Han crecido espiritualmente usted, su familia y su comunidad? La conversión no es algo que puede quedarse escondido en la vida: ¿está experimentando en estos días una mayor unidad, comprensión, paz, espíritu de servicio en su familia y en su comunidad?
Primera parte: ¿Crucificaríamos de nuevo nosotros al Señor?

Casi siempre que hablamos de la muerte de Nuestro Señor, se dice que el pueblo de Israel fue un pueblo duro de corazón y necio de cabeza, que no quisieron comprender quien era Jesús y que por eso hasta se asociaron con los Romanos para darle muerte, y eso en parte es verdad pero, después de dos mil años de este acontecimiento, conviene que nos preguntemos: ¿Qué sucedería si Jesús apareciese hoy y comenzase a predicar abiertamente en contra del aborto, la prostitución, la pornografía, las ventas de licor en la ciudad y los cantones; que le sucedería si hablara abiertamente en contra de los narcotraficantes, si se pronunciara en contra de la guerra que es un negocio para unos pocos, mientras muchos simplemente tienen que morir; si predicara exigiendo justicia para todos los trabajadores; si hablara abiertamente a los gobernantes del mundo entero invitándoles ha que sirvan a sus pueblos, que busquen el bien de todos y no sólo el de unos pocos, que no sigan engañando a la gente con promesas falsas, que no busquen la política únicamente para enriquecerse ellos? ¿No cree usted que en este caso también ahora en nuestro tiempo sobrarían hombres: ricos y pobres, políticos, gente religiosa y no religiosa, que se asociarían para acusar a Jesús de “malhechor” (Jn 18,30) de “alborotar al pueblo” (Lc 23, 14)? En verdad, Jesús murió por la dureza de cabeza y de corazón de los hombres y mujeres de su pueblo y de su tiempo pero, también es cierto que hoy en día sigue muriendo por la dureza de todos los que decimos que creemos en El. “Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del Apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Cor 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de El con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras manos criminales” (Catecismo de la Iglesia Católica, 598). “Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados” (San Francisco de Asís). Hermanos y hermanas, es bueno que nos preguntemos: ¿Por qué la gran mayoría de cristianos no le da a la celebración de la Semana Santa la importancia que se debe? los cristianos católicos hemos de aceptar que la Semana Santa tal y como hoy en día la celebra mucha gente, difícilmente puede ser algo grato a los ojos de Dios. En muchos lugares corremos el riesgo de que Dios nos diga que le dan asco nuestros actos religiosos, que no escuchará nuestras oraciones porque todavía no hemos desterrado de nosotros el mal. La palabra judío la utilizamos para referirnos a los israelitas pero, se utiliza también para referirse a todos los comportamientos que manifiestan en la persona un rechazo hacia Dios y hacia todo lo que se refiere a El. ¿Se da cuenta entonces de cuantos judíos existen entre nosotros?
Para dialogar: ¿qué podemos hacer para que la Semana Santa se viva de una manera más cristiana en nuestra familia y en nuestra comunidad?
Segunda parte: En el dolor nace la vida.

En nuestro país hay mucho dolor, por eso es que nos dicen nuestros obispos en uno de sus documentos: “cada día, al abrir el periódico, al escuchar la radio o al mirar las noticias en el televisor nos golpea con toda su crudeza la realidad de nuestro país, marcada por tantos hechos violentos. Todos lo sabemos: la violencia está cada vez más presente, en primer lugar, en el seno mismo del hogar; ya sea la violencia que sufre la mujer de parte del esposo o de su compañero de vida, o la que padecen niños y niñas a pesar de su tierna edad: hay violencia física, violencia psicológica y, en forma creciente, incluso violencia sexual. Y aunque no llegue a matar físicamente, no podemos pasar por alto la violencia que invade los hogares sobre todo a través de algunos programas de televisión. Tenemos también la violencia producida por la delincuencia común que acecha en todas partes: en casa y fuera de casa; en el campo y la ciudad, en fincas o terrenos baldíos, en paradas de buses y al interior de los medios de transporte público, en negocios y oficinas. Es una violencia asesina que arrebata sin piedad la vida de personas de toda edad o condición: niñas y niños, mujeres, jóvenes y personas mayores, humildes trabajadores y profesionales. Nadie está a salvo de este flagelo social. A la violencia doméstica y a la delincuencia común se añade la pavorosa violencia de las pandillas juveniles o maras, del narcotráfico y del crimen organizado. Se asesina para robar; se asesina por venganza; se asesina por encargo; se asesina bajo el efecto del alcohol o las drogas; se asesina casi siempre con armas de fuego que circulan prácticamente sin control; se asesina a sangre fría; se asesina con lujo de barbarie y en completa impunidad” (Carta Pastoral de los Obispos de El Salvador: “No te dejes vences por el mal”, n. 9-13). Y la razón de todo esto es, porque todavía no hemos comprendido que cada persona, hombre o mujer, hemos sido creados a “imagen y semejanza de Dios” (Gn 2,26). Ser cristianos no es cuestión únicamente de llenar los templos para estos días de Semana Santa sino de tomar conciencia de la necesidad que tenemos de dejamos transformar por esa Gracia de Dios que se desprende de la muerte que su Hijo padeció por nosotros en al cruz; y solo así, podremos transformar en luz toda esta situación de oscuridad en la que como familia y sociedad seguimos crucificando al Señor. Cada bautizado tiene que saber que “desde el día de su bautismo el Espíritu del Señor entró en su vida y le ha enviado a la sociedad salvadoreña, al pueblo de El Salvador, que si hoy anda tan mal es porque la misión que Dios ha encomendado a muchos cristianos ha fracasado… por eso es necesario que dejemos ya de ser un cristianismo de masa y que comencemos a ser y a vivir un cristianismo consciente” (Mon. Romero, Homilía del 8 de julio de 1979). Mientras estemos en este mundo siempre existiremos entre el Crucificado y los crucificadores, entre la alegría y el sufrimiento, la esperanza y el dolor pero, si nos mantenemos fieles al Señor, al final reinaremos con El, pues, el mal no tiene la última palabra.
Para dialogar:

La conversión es fruto de la Gracia de Dios, y esa Gracia se nos ofrece gratuitamente: ¿Esta usted dispuesto a dejarse inundar por esa Gracia que Dios le esta ofreciendo gratuitamente en estos días de Cuaresma?
¿Qué debemos de hacer para crecer en la gracia de Dios? Hay que orar, leer la Palabra de Dios cada día; acercarse frecuentemente al sacramento de la Confesión, sin ningún miedo porque Dios le ama; y recibir siempre que sea posible a Jesús en la Eucaristía.

lunes, 3 de marzo de 2008

quinto domingo de cuaresma ciclo a

homilia del domingo 9 de marzo de 2008
v domingo de cuaresma

pregon pascual aqui

EL PODER DE DIOS


En las lecturas que escucharemos este domingo encontramos una promesa de salvación por parte de Dios en favor del pueblo de Israel, primera lectura; y en el evangelio, se nos narra la resurrección de Lazazo, descubrimos l0s inicios del cumplimiento de esa promesa en favor no solo del pueblo de Israel sino de toda la humanidad, nos dice Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el cree en mi, aunque haya muerto, vivirá; y el que esta vivo y cree en mi, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). Pero, para que esa promesa de salvación de Dios se realice en nuestro tiempo, en mi vida, en la vida de mi familia, de mi comunidad, de la Iglesia y de toda la humanidad. Dios ha querido necesitar de mi colaboración, lo ha dicho uno de los santos mas grandes de nuestra Iglesia, San Agustín: “Dios que te creo sin ti, necesita de ti, para salvarte”. Por el pecado nos alejamos con mucha facilidad de los caminos de Dios, y a veces, creemos que el regreso hacia él se nos hará fácil pero, eso, es una pura mentira; que podemos regresar a Dios después de haberlo abandonado, es completamente cierto; que Dios nos esta esperando siempre con los brazos abiertos para perdonarnos, también es verdad; pero que vamos a manteneros en sus caminos sin tener que luchar todos los días, o que no vamos ha sufrir si nos apartamos de él, es totalmente falso. San Pablo nos advierte en este domingo que “los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Rm 8,8). Con la palabra carne, San Pablo se refiere a todo aquello que conduce a la persona a vivir en el pecado, y por lo tanto, ha ofender a Dios. Y fue precisamente esta desobediencia del pueblo de Israel para con Dios, lo que llevó a que él permitiera que Nabucodonosor, rey de Babilonia, subiera a Jerusalén, invadiera la ciudad, saqueara el templo, y “deportara a todo Jerusalén, todos los jefes y los notables, diez mil deportados” (2 Rey 24, 14). Y toda esta gente tuvo que sufrir muchísimo por un largo tiempo pero, después de todo, cuando Dios vio que el sufrimiento los había hecho comprender la maldad de su pecado, él mismo envió al profeta Ezequiel para que infundiera fe y esperanzas en su pueblo, diciéndoles de parte suya: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel” (Ez 37,12). Alejarse de Dios y no entender de ninguna manera la gravedad de nuestros pecados tiene sus consecuencias graves en la vida. Sucedió este sábado de la semana pasada, por la noche, seis jóvenes salieron borrachos de un baile, se subieron a mismo vehiculo, y se accidentaron, dos quedaron golpeados de gravedad, tres sacaron golpes leves pero uno de ellos, murió en el instante, y éste pobre no tiene ha ningún familiar en este país, así que, mientras algunas personas andan pidiendo dinero para poder enviarlo a su familia en México, su cuerpo esta congelado en una morgue. El evangelio de San Juan nos dice que: “Dios ha enviado su Hijo al mundo no para juzgarnos sino para salvarnos” (Jn 3,17), para sacarnos de cualquier sepulcro en el que podamos haber caído por nuestros pecados, y eso es lo que Jesús nos enseña al resucitar a su amigo Lázaro. Hermanas y hermanos, ¿Cómo esta viviendo usted estos días de Cuaresma? ¿Esta logrando descubrir el inmenso amor que Dios le tiene? ¿Se esta dando cuenta de que es necesario que usted colabore con el Señor, renunciando al pecado, para que la salvación de Dios se realice en su propia vida?
Oremos juntos: “Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz: estén tus oídos atentos a la voz de mi suplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿Quién podrá resistir? Pero de ti produce el perdón, y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su Palabra; mi alma aguarda al Señor, mas que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa, y él redimirá a Israel de todos sus delitos” (Del salmo 29).
Primera parte: Vivir según el Espíritu, o vivir según la carne.

Vivir conforme a las enseñanzas del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo no es un jueguito de niños sino que es algo que nos exige tomarnos en serio nuestra vida cristiana. Como cristianos, cada una y cada uno de nosotros recibimos el día de nuestro bautismo el don de la gracia santificante, ¿Y qué es eso de la gracia santificante? Imagínese usted que esto es como una de esas vacunas que le ponen a los niños cuando están pequeñitos, esa sustancia no solo los protegerá de todo aquello que los pueda hacer morir, sino que también, hará que sus cuerpos vivan. Sin embargo, dependerá, primero de los padres; y luego del niño, para que su cuerpo pueda mantenerse saludable. Esta vida divina en el alma del cristiano, como la vida natural en su cuerpo, esta destinada a crecer mediante la oración, los sacramentos y el ejercicio de las virtudes sobrenaturales. San Pablo en la segunda lectura que escuchamos este domingo le escribe ha un grupo de cristianos de Roma que se habían convertido al Señor; antes vivían según las obras de la carne pero, ahora, vivían según el espíritu de Cristo. Por supuesto que dar ese paso no les había sido fácil a ninguno de aquellos hombres y mujeres, ellos tuvieron las mismas dificultades que nosotros encontramos ahora para vivir de manera auténtica el Evangelio. Las obras de la carne: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y cosas semejantes” (Gal 5, 19-21), fueron obstáculos serios que aquellos cristianos tuvieron que vencer, ayudados por la gracia de Dios, para “vivir según el Espíritu, negándose así mismo a dar satisfacción a las obras de la carne” (Gal 5,16). A aquellos primeros cristianos no les fue fácil este estilo de vida, como tampoco no nos es fácil ha nosotros ahora, pero, lo mismo que aquellos no estuvieron solos en su batalla, tampoco nosotros estamos solos en este combate de la vida. Por lo tanto, que un cristiano, hombre o mujer, vivan hundidos en las obras de la carne, no es porque no exista la posibilidad de vivir según el Espíritu de Cristo, sino que esa posibilidad existe para cada una y cada uno pero, es cada persona quien tiene que decirse a abandonar la mediocridad en su vida cristina, y a vivir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, de manera autentica.

Primera parte: Cuatro días en la tumba.

El evangelio de este domingo nos relata un hecho muy impresionante: Se nos cuenta que Jesús era amigo de una familia: Marta, Maria, y Lázaro. Y murió este ultimo pero, antes de que sucediera eso, cuando había caído enfermo, las hermanas le mandaron a avisaron al Señor para que viniera y curase a su amigo pero, Jesús sabiendo lo que iba ha hacer no se apresuró, sino que les dijo a sus discípulos: “esta enfermedad no acabara en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Cuatro días tenia Lázaro ya de estar en la tumba cuando Jesús fue a visitarlo, y después de un largo dialogo con aquellas hermanas, en el que ellas le reclamaron porque no había llegado a tiempo, finalmente él les preguntó: ¿Dónde lo han enterrado? Luego, fueron a ver el lugar donde lo habían colocado y después de una oración que hizo el Señor, “grito con voz potente: “Lázaro, ven fuera”. El muerto salio, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”. Y muchos judíos que habían venido a casa de Maria, al ver lo que había hecho, creyeron en él” (Jn 11,43-45). Tres cosas son las que nosotros principalmente tenemos que aprender en este acontecimiento: primero, “Jesús acompaña sus palabras con numerosos milagros, prodigios y signos que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado. Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Los milagros no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud mas grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbre humanas” (Catecismo de la Iglesia Católica, 547-549). Segunda enseñanza: Nuestro Señor es capaz de sacarnos de cualquier tumba, sin importar la profundidad que tenga, ni el tiempo que llevemos de estar enterrados en ella a consecuencia de nuestros pecados. Hay cristianos que a veces llevan años de vivir en situaciones de pecado, y que en ocasiones hasta parece que ya “huelen mal” pero, todavía no están del todo perdidos, aun tienen esperanzas pues, el Señor ha venido a buscar a los que huelen mal con el objetivo de hacerlos vivir una vida conforme a la voluntad de Dios. Tercera enseñanza: Debemos de cooperar con Dios, las hermanas de Lázaro no se sentaron a llorar, ni se quedaron con sus brazos cruzados viendo que su hermano agonizaba sino que, inmediatamente mandaron a llamar al Señor, y cuando él llego a la casa, hablaron con él, lo llevaron a la tumba, buscaron quien quitara la piedra; y lo demás, ya lo sabemos, lo hizo Nuestro Señor. Hermanos, cuantos cristianos se están muriendo espiritualmente a nuestro alrededor, y a veces, posiblemente porque nosotros no estamos haciendo nada o no hacemos lo suficiente por esta pobre gente. Tenemos que dar esperanzas al que se siente perdido, hundido en su tumba, y llevarlo a Jesús para que él lo haga salir, como lo hizo con Lázaro.

lunes, 25 de febrero de 2008

cuarto domingo de cuaresma ciclo a

IV Domingo de Cuaresma.
domingo 2 de marzo de 2008


¿QUE QUIERE DECIR SER CRISTIANOS? CRECER CON CRISTO.

Las lecturas de este domingo nos presentan dos historias muy interesantes, una, es la elección de David para que sea rey de Israel, y la otra, en el Evangelio, es la curación de un ciego de nacimiento por parte de Nuestro Señor. Dios rechaza a Saúl como rey de Israel porque se ha portado mal, y le ordena al profeta Samuel que vaya a Belén, a la casa de Jesé, y que él le manifestara a cual de los hijos de Jesé ha escogido para que sea el rey de Israel. Samuel tiene miedo y le dice al Señor: “me va ha matar Saúl, si sabe que yo ando buscando otro rey”. Pero Dios le aconseja como tiene que hacer para que el rey no se entere. Cuando Samuel llegó a la casa de Jesé, le dijo: “Muéstrame a tus hijos”. Y al ver a Eliab, pensó: “seguro, el Señor tiene delante a su ungido”. Pero el Señor le dijo: “No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”. Y fueron pasando los otros hijos de Jesé y cuando acabaron de pasar y Samuel no encuentra la inspiración de Dios en ninguno de ellos, le dice a Jesé: "¿Ya no hay más muchachos?" "Sí -le dice Jesé- falta el más chiquito, está cuidando el rebaño". "Llámalo, -le dice el profeta- que no comeremos hasta que venga. Y cuando llega David a la casa, el Señor le dice a Samuel: “Anda, úngelo, porque es éste”. Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante”. La elección de David como rey de Israel no fue algo que sucediera de la noche a la mañana, sino que Dios lo había planificado desde siempre: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, ya antes que nacieses, te tenia consagrado” (Jr 1, 5). Y usted ya sabe que después David, cuando era rey, hizo cosas desagradables a los ojos de Dios pero, Dios sabia todo eso con anticipación, y sin embargo, escogió ha este hombre para hacer cosas grandes con él, y las hizo, mientras David se mantuvo fiel a sus mandatos. Hermanos y hermanas, ¿adonde queremos llegar ahora con nuestra reflexión? Queremos que entienda que Dios le ha escogido, que le ha consagrado, y que él quiere hacer cosas grandes con usted. A entender esto, nos ayuda la Iglesia, cuando nos dice: “Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. Los bautizados se han "revestido de Cristo" (Gal 3,27). La unción con el santo crisma, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.1213, 1227, 1241). Por el Bautismo nos hemos convertido en hijos e hijas de Dios, nos hemos revestido de Cristo transformándonos en sacerdotes, profetas y reyes, y nos hemos hecho miembros de la Iglesia. Esto es lo que somos, pero, el problema es que muchas veces no acabamos de entenderlo, por esa razón, nos volvemos incapaces de creer todo lo que Dios tiene para cada uno de nosotros. Por eso muchos cristianos viven como gente que ha perdido el juicio, sin poner atención en serio a la voluntad de Dios sobre sus vidas. La cuaresma es un tiempo para despertar, es el momento oportuno para permitirle al Hijo de Dios que abra nuestros ojos como lo hizo con el ciego aquel ciego de nacimiento, del que nos hablara hoy el Evangelio.


Oremos juntos: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (del salmo 22)


Primera parte:
“Aquellos a quienes Dios elige para una misión los prepara y dispone de manera que sean capaces de desempeñar la misión para la que fueron elegidos” (Santo Tomas de Aquino).

Dios nos ha creado a cada una y ha cada uno de nosotros para algo, y ese algo para lo cual Dios le ha creado no es una casualidad en su vida sino que Dios lo ha preparado desde antes que usted existiese, por eso nos dice su Palabra: “Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se ocultaban, cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra” (Sal 139,15). A David, Dios lo había elegido para que fuera rey de Israel, así que aunque él no lo sabía, Dios lo había preparado y dispuesto para que desempeñara esa misión. Y la primera lectura nos dice que “a partir del momento en que David fue ungido, vino sobre él el espíritu del Yahveh” (1 Sam 16,13). Es posible que usted piense pero, si cada una y cada uno de nosotros tenemos una misión ¿de que manera Dios nos ha preparado para que seamos capaces de desempeñarla? El apóstol San Pablo nos dice que “nuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en nosotros y que hemos recibido de Dios” (1 Cor 6,19). Hermanos, ese Espíritu de Dios del nos habla San Pablo, habita en cada bautizada y bautizado, y como sucedió con David, también él ha tomado posesión de nuestra vida desde el día en que recibimos el sacramento del Bautismo y la Confirmación. La presencia del Espíritu de Dios se manifiesta en la vida de cada cristiano a través de sus “sus siete dones que son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1831). Un vehículo no puede caminar por si mismo sino que necesita de alguien que lo conduzca, y cuando se le termina el combustible hace falta que alguien lo alimente para pueda seguir trabajando. Los seres humanos tampoco podemos caminar por si mismos, sino que necesitamos de alguien que nos conduzca y nos inyecte sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, para así poder cumplir con nuestra misión de hijos e hijas de Dios. Hay muchos cristianos que piensan que Dios no es necesario en sus vidas, que ellos pueden vivir sin él, que no lo necesitan pero, Jesús no puede haberse equivocado al decirnos: “separados de mi, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Dependemos de Dios, lo queramos o no, y “nuestra vida está sostenida por los dones del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 183o).

Para dialogar: ¿Considera usted que esta utilizando debidamente los dones del Espíritu Santo en su vida?

Segunda parte: Hay que dejar que Jesús nos abra los ojos.

Cuando hablamos de ceguera nosotros siempre pensamos en una persona que no puede ver todo lo que le rodea, y esto debe de ser una cosa muy terrible pero, existe también otra clase de ceguera que es aun peor que la primera, y esa es la ceguera espiritual. El evangelio que escucharemos este próximo domingo nos presenta en un mismo problema las dos clases de ceguera: Jesús se encontró con un hombre que era ciego de nacimiento, y él lo curó. Aquel hombre al verse curado de su ceguera creyó en Nuestro Señor Jesucristo, creyó que él era el Salvador del mundo. Pero es aquí donde aparece un grupo de personas, los fariseos, que padecían la otra clase de ceguera, la espiritual. El problema fue que Nuestro Señor había hecho aquella curación en día sábado, por eso los fariseos le acusan de “ser un pecador”; y por más que el hombre que había sido ciego trató de explicarles, ellos no quisieron entender. Hermanos, es triste la situación de los fariseos pues tenían sus ojos abierto pero al mismo eran ciegos, y por eso, fueron incapaces de reconocer a Nuestro Señor; el ciego en cambio, a pesar de ser ciego, sí lo recoció “y creyó en él”. “Ojalá que esta Cuaresma sirva para irnos purificando y haciendo sentir cada vez en nosotros la vida de Dios de la que participamos por ser cristianos. Y si por desgracia hemos perdido esa vida de Dios por el pecado -porque así se pierde la vida de Dios, cada vez que pecamos- corremos al Espíritu Santo y entronizamos al demonio en nosotros. Dicen que no hay posesos, ¿cómo no va a haber posesos si cada pecador con pecado mortal es un poseído del demonio?” (Mons. Oscar Arnulfo Romero, 5 de marzo de 1978). Hermanos, son muchos los cristianos que se mantienen tercos con relación a Dios, entienden que no están haciendo la voluntad de Dios pero, al mismo tiempo, no les importa, y es que están ciegos, y no podrán ver a menos que Nuestro Señor les abra sus ojos. Me sucedió hace un par de semanas: los padres de un niño que iba ha recibir el sacramento de la Confirmación en estos días, me dijeron que su hijo había escogido para que fueran sus padrinos a una pareja que viven nomás acompañados; me contaron que cuando el niño hizo su Primera Comunión, quiso que ellos fueran sus padrinos pero no se pudo por la misma razón. Yo le propuse al papá que le dijera a la pareja que vinieran a hablar conmigo para hacerlos entrar en razón, y que nomás era necesario que ellos se comprometieran en serio a casarse este año, para que pudieran ser padrinos del niño pero, cuando hablé con ellos, esta fue la respuesta: “padre, nosotros nos amamos y hemos vivido así muy bien durante veinticinco años, y nos vamos a casar cuando nosotros lo decidamos, y no cuando otra persona nos diga”. Yo me dije a mí mismo: ¿para qué sigo perdiendo mi tiempo con esta pareja de burros? Y les dije: esta bien, pueden irse. Y es que clase de ceguera el único que la puede curar solamente es Dios, y no nos queda más que pedírselo a él.

Para dialogar: Pensando en la salvación, ¿Cuál de las dos cegueras es mas terrible? ¿En que partes de su vida considera usted que necesita ver mejor?